EDICIÓN ESPECIAL Por Sergio Sinay(*)

¿Las madres nacen o se hacen? ¿El instinto es genético o es una construcción cultural? ¿Las mamás saben más acerca de sus hijos (qué necesitan, qué quieren, cómo se sienten, qué les duele) porque su instinto les provee ese conocimiento o, simplemente, porque los usos y costumbres familiares en nuestra cultura les permiten y las inducen a permanecer más tiempo junto a los chicos, lo cual las lleva a aprender por el método de ensayo y error? Si los hombres pudieran y se permitieran una mayor cercanía y participación en la crianza, la alimentación, la salud y la ida y vuelta emocional con sus hijos, ¿no se vería aflorar también en ellos un poderoso “instinto” paterno?

La historiadora y filósofa francesa Elisabeth Badinter responde en cierto modo a esto en su ya célebre XY, la identidad masculina. A mediados del siglo XIX, recuerda, cuando ya había avanzado la revolución industrial, el modelo familiar cambió, los hombres se vieron forzados a trabajar todo el día afuera de sus casas (y, con el crecimiento de las ciudades, cada vez más lejos), en fábricas, minas, talleres y oficinas. El contacto entre los padres urbanos y sus hijos se fue reduciendo de manera notoria, el padre se convirtió en un personaje lejano, casi misterioso para sus hijos.

Se impuso, de facto, una separación radical de los sexos y los roles”, dice Badinter. “Por un lado, la mujer, madre y ama de casa; por el otro, el hombre trabajador, encargado de la alimentación”.

Hasta no hace mucho, al menos en términos históricos, mamá era la mujer que nos criaba, nos vestía, nos alimentaba, nos daba los remedios que el médico recetaba, nos llevaba a la escuela y nos buscaba, nos confortaba en nuestros dolores físicos y emocionales, y operaba como confesora. Eso se esperaba de ella y, a juzgar por los relatos de vida escuchados y compartidos, eso era, en general, lo que se recibía. Abnegación, ternura, comprensión, sacrificio, paciencia, intuición eran atributos inmediatos de la maternidad. Canciones, pinturas, relatos literarios, semblanzas, películas refrendaban la imagen. Y a ese icono clásico se homenajeaba cuando se honraba a la madre.

¿Qué define a la maternidad? ¿El sexo, la biología, la ocupación del rol, el desempeño de las funciones? Si la maternidad se define, en cambio, a partir de funciones, como la organización de lo doméstico, la facilitación de los vínculos hogareños, la conexión de los recursos emocionales en la familia, la fundación de espacios receptivos, parece claro que no es tan importante quién ocupa ese lugar sino que las funciones estén atendidas. Sobre todo cuando, en plena época de transformaciones vinculares, aparecen aún otras formas posibles de la maternidad reflejada en funciones.

 

(*)Escritor, eespecialista en vínculos humanos, autor de Vivir de a dos y
Ser padre es cosa de hombres. En noviembre aparecerá su nuevo libro, La masculinidad tóxica.

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