“El
mundo está lleno de mujeres embarazadas. Hubo y habrá muchísimas
más. Sin embargo, cuando la panza es nuestra, otra es la historia,
una historia única como cada una de nosotras"
De pronto se opera paulatinamente
en nuestro cuerpo una metamorfosis, no por habitual menos impresionante
que la de Kafka. Antes de que nosotras mismas nos enteremos de la
noticia, nos pasan un montón de cosas; sabemos -sin saber- que algo
no funciona como hasta entonces.
Nos descubrimos tragando con
dificultad, o con cara de asco ante determinados alimentos; nos
sorprende el calor de nuestros pechos, o la sensibilidad inusual
de los pezones; nos mareamos cuando nos levantamos de golpe; o nos
dormimos en el colectivo... El cuerpo está trabajando a full y nos
cansamos mucho; recorremos con los ojos cerrados el trayecto hasta
el baño en la madrugada, nos falta el aire.
Nuestro olfato se agudiza;
podemos distinguir los condimentos de un guiso que está haciendo
el vecino, aborrecer el dentífrico que usábamos hace años o adivinar
la marca de desodorante de una persona que se detuvo un instante
a preguntarnos la hora. El cigarrillo suele dejar de interesarnos,
aún cuando hemos sido acérrimas fumadoras.
Si después de percibir uno
o más de estos síntomas no corremos a comprarnos el test... es porque
teníamos uno en casa. Baño, recipiente, una muestra de orina y,
seguramente, dos rayitas rosadas... Felicitaciones!!! Desde el preciso
instante en que aquel espermatozoide entró en nuestro óvulo y lo
diferenció de los otros para siempre, ya nada volverá a ser lo mismo...
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