Número 2
Padres: presentes con aviso Por Sergio Sinay (*)

Existe un "instinto" materno y un "deber" paterno? ¿Está ese "instinto" definido por la capacidad de alimentar, de sostener afectivamente, de criar, de educar, de proteger? ¿Está aquél "deber" signado por la capacidad de proveer económica y materialmente, de castigar, de imponer disciplinas y conductas?

Durante muchas generaciones los hombres y las mujeres, hemos nacido, hemos crecido, hemos construido nuestras familias y hemos gestado a nuestros hijos convencidos de que la respuesta a todas estas preguntas es un sí rotundo, indesmentible e incuestionable. En mi opinión la respuesta de los interrogantes planteados aquí es no.

Las creencias de que este "instinto" y este "deber" son naturales, inmodificables y poco menos que obligatorios ha operado como una doble trampa para hombres y mujeres. A las mujeres las atornilló en un "altar" materno ante el cual se sacrificaron muchas otras capacidades y posibilidades de su condición de seres humanos.

A los hombres nos mutiló el acceso a nuestra propia capacidad nutricia, a nuestra intuición de guías afectivos, a nuestra sensibilidad más fina.

Los padres y las madres no nacen, se hacen. Y se hacen en la gestación conjunta del hijo, en la decisión compartida de esa gestación y en la presencia mutua durante ese proceso, durante el embarazo, durante la crianza y acompañamiento en el desarrollo de las potencialidades de ese hijo.

Sin embargo, la cultura nos inculcó durante mucho tiempo mandatos empobrecedores: las mujeres a parir y criar, los hombres a proveer y disciplinar. Cada uno de nosotros perdió la mitad de sus vivencias en ese camino. En el caso del padre, si damos por sentado que el embarazo es "cosa de mujeres" nos ausentamos de un espacio que nadie puede ocupar por nosotros y en el que somos tan irremplazables como la madre: el de la provisión afectiva a nuestros hijos , el asistir al misterio de su desarrollo, el de ir descubriéndolo en toda su singularidad.

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