Existe
un "instinto" materno y un "deber" paterno? ¿Está
ese "instinto" definido por la capacidad de alimentar, de sostener
afectivamente, de criar, de educar, de proteger? ¿Está aquél "deber"
signado por la capacidad de proveer económica y materialmente, de
castigar, de imponer disciplinas y conductas?
Durante muchas generaciones
los hombres y las mujeres, hemos nacido, hemos crecido, hemos construido
nuestras familias y hemos gestado a nuestros hijos convencidos de
que la respuesta a todas estas preguntas es un sí rotundo, indesmentible
e incuestionable. En mi opinión la respuesta de los interrogantes
planteados aquí es no.
Las creencias de que este "instinto"
y este "deber" son naturales, inmodificables y poco menos que obligatorios
ha operado como una doble trampa para hombres y mujeres. A las mujeres
las atornilló en un "altar" materno ante el cual se sacrificaron
muchas otras capacidades y posibilidades de su condición de seres
humanos.
A los hombres nos mutiló el
acceso a nuestra propia capacidad nutricia, a nuestra intuición
de guías afectivos, a nuestra sensibilidad más fina.
Los padres y las madres
no nacen, se hacen. Y se hacen en la gestación conjunta del
hijo, en la decisión compartida de esa gestación y en la presencia
mutua durante ese proceso, durante el embarazo, durante la crianza
y acompañamiento en el desarrollo de las potencialidades de ese
hijo.
Sin embargo, la cultura nos
inculcó durante mucho tiempo mandatos empobrecedores: las mujeres
a parir y criar, los hombres a proveer y disciplinar. Cada uno de
nosotros perdió la mitad de sus vivencias en ese camino. En el caso
del padre, si damos por sentado que el embarazo es "cosa de mujeres"
nos ausentamos de un espacio que nadie puede ocupar por nosotros
y en el que somos tan irremplazables como la madre: el de la provisión
afectiva a nuestros hijos , el asistir al misterio de su desarrollo,
el de ir descubriéndolo en toda su singularidad.
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