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Estoy convencido de que se
necesita más coraje para eso que para a la guerra o agarrarse a
trompadas con otro hombre, que se necesita más creatividad para
la paternidad que para hacer buenos negocios o inversiones, que
se necesita más fuerza para ocupar este lugar que para aguantar
un dolor físico o para levantar un mueble. Es, claro, otro tipo
de creatividad, de coraje y de fuerza, distintos de aquellos que
nos han enseñado que distinguen a un hombre. Creo que un hombre
que elige ser protagonista de su paternidad y pone en ello presencia
física y espiritual, intuición, sensibilidad y constancia es un
hombre que está enriqueciendo su masculinidad en las zonas menos
aceptadas, transitadas y estimuladas de esta condición.
- Se aprende a ser padre
permitiéndose descubrir al hijo como a una persona única y diferente
y no como una simple prolongación de uno mismo.
- Se aprende a ser padre
admitiendo las propias dudas, temores y desconciertos.
- Se aprende a ser padre ocupando
el espacio necesario para los propios ensayos y errores.
- Se aprende a ser padre preguntando,
planteando las necesidades propias.
- Se aprende a ser padre abandonando
las fórmulas y las verdades rígidas (" mi papá lo hacía así y
está bien") para recorrer en cambio la propia vivencia.
Así como no hay un 'instinto
materno' no existen las "verdades paternas".
O, en todo caso todo es intercambiable. En la presencia, el hombre
puede descubrir su "instinto". Y en la elección
la mujer puede decidir cuáles son sus deberes. Mientras tanto,
un hijo nace siempre de una mujer y de un hombre, es de los dos
desde el principio, en las buenas, en las malas, y en las mejores.
Ninguno es remplazable ni por el otro ni por nadie. No son intercambiables.
Y es en la vivencia de ese milagro como cada quien aprende a ser
el padre que puede ser. No hay otra receta. Y no hay ausencia
con aviso.
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