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Las
mujeres tenemos una tendencia natural a pensar en la maternidad
desde chiquitas.
Por un lado
algo de nuestra naturaleza nos empuja y por otro son los demás,
las otras mujeres y el entorno en general que nos animan a imaginarnos
madres.
Cuando la panza comienza a
crecer, y de verdad confirmamos que por nueve meses seremos una
especie de nido que cuidará a otro en su interior, ese sueño imaginado,
ese futuro en un principio lejano se precipita y nos obliga a pensar
de verdad en esas madres que seremos.
Ahí se nos agolpan un montón
de preguntas y de miedos. La incertidumbre crece con esa certidumbre
de que cada día que pasa estamos más cerca de ser esa mamá que algún
día pensamos que seríamos tal vez. "¿Seré la madre ideal?"
nos preguntamos.
Quién no se sometió o no se
somete más o menos seguido a cuestionarse sobre su rol?
Ahí se nos vienen encima millones
de madres que conocemos, que conocimos o nos contaron y creemos
que debemos ser como alguna o como todas o como la nuestra.
La madre ideal no es una madre
verdadera.
La madre verdadera es la que
podremos ser, la que va a equivocarse una y mil veces aunque se
proponga hacer buena letra, como cuando empezaba un cuaderno nuevo.
La madre que seremos, o la
madre que somos, es la que no tiene siempre la mejor cara o la mejor
actitud o la mejor respuesta.
La madre real es la que deberá
convivir con nosotras aprendiendo a ser todo el tiempo.
En verdad creo que existe una
madre ideal, es la que se da permiso para ser real. La madre ideal
entonces es igual a cada una de nosotras.
La madre ideal es la que se
anima a vivir cada día como una fascinante aventura.
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