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Una
misión para los papás en el nuevo milenio
Con el milenio nacerán
nuevos hijos que harán nacer nuevos padres. Como los padres
nacen con los hijos, no hay fórmula previas para determinar
de antemano cómo serán los papás del milenio.
Quizá eso sea lo mejor que se puede esperar de ellos: que
se permitan construir una relación propia, sin dogmas, con
sus hijos. Esto significa que la construyan día a día,
con la materia prima de la presencia, de la atención, del
respeto, del cuidado y, sobre todo, de la aceptación. Se
dice fácil, pero es toda una experiencia la de aprender a
aceptar que un hijo es una persona diferente de todas las que han
existido y existirán, distinto por lo tanto de sus padres.
Y, sobre todo, que un hijo no viene a este mundo a cumplir las expectativas
de sus padres, sino a desarrollar una experiencia propia.
Solo se puede aceptar cuando
se conoce. Y se conoce cuando se mira. No basta con ver, hay que
mirar. Entonces ese otro ser -el hijo- aparece en toda su dimensión,
su identidad y su diversidad. Cuanto más conozco a mi hijo,
mejor puedo registrar su individualidad única y aceptarla.
UN
COMINEZO, PERO NO UN FINAL
Para cumplir con esta experiencia el papá necesita emepzar
por ocupar un lugar cercano y propio junto al hijo. Es cierto que
en las últimas tres décadas de este siglo que se va,
los varones hemos protagonizado transformaciones en el escenario
de la pareja y de la familia. Muchos hemos tenido un papel más
protagónico que el de nuestros padres en la crianza de nuestros
hijos. Y se escucha a mamás orgullosas decir: "Mi marido
colabora conmigo, cambia pañales, da la mamadera, llama al
médico, etc." Y abuelas satisfechas señalan:
"Mi hijo no es como su padre, él ayuda a su mujer en
la crianza". Estas mamás y estas abuelas tienen razones
para estar contentas. Sin embargo estos padres no son aun, en mi
opinión, los papás del nuevo milenio. Son papás
en transformación. A los papás nos resta aún
parte del camino para instalarnos en el lugar completo e irremplazable
de la paternidad. Y comenzaremos a recorrerlo en la medida en que
comprendamos que nuestra función no es "colaborar"
en la crianza, sino participar en términos de iagualdad en
ella. Cuando digo participar me refiero a todos los aspectos (cotidianos
y a largo plazo, espirituales y materiales, físicos y psicológicos,
íntimos y sociales) de ese proceso.
Si algo definiera a los papás integrales del nuevo milenio
será su consciencia de ser una de las dos energías
distintas e insustituíbles que participan de la crianza de
los hijos. Las suma de esas energías de una nueva forma,
es una sinergia. El papá no es una ayudante de la mamá
en la crianza, sino el responsable de ejercer funciones y transmitir
energías, emociones, pensamientos, sentiminetos y contactos
únicos, necesarios, irremplazables. Para el final del siglo
veinte a sido un avance importante que muchos papás hayan
empezado a tener antes a su hijo una presencia que va más
allá de poner la semilla, el apellido y el aporte material
de la crianza. La gran misión del milenio será fundar
una paternidad activa.
(*)
Sergio Sinay es coordinador de grupos de hombres,
autor de "Hombres en la dulce espera", "Ser padre
es cosa de Hombres"
y "Las condiciones del buen amor".
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