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Paul
Auster es uno de los más originales y talentosos narradores
estadounidenses contemporáneos. Sus novelas son deslumbrantes
por sus tramas, bellas por el uso que él hace de las palabras,
estimulantes por sus reflexiones y conmovedoras por sus contenidos.
Una de ellas, La invención de la soledad, gira
en torno de las dos caras de la paternidad. La del hombre como hijo
y la del hombre como padre.
El protagonista de la historia
va haciendo comprobaciones acerca de la figura paterna. Estas son
algunas:
- "Uno no deja de ansiar el amor
de su padre, ni siquiera cuando es adulto."
- "Mi recuerdo más temprano: su
ausencia. Durante los primeros tres años de vida, él
se iba a trabajar por la mañana temprano, antes de que
yo me despertara, y volvía a casa mucho después
de que me acostara".
- "Por lo visto, buscaba a mi padre desde
el comienzo, buscaba con ansiedad a alguién que se pareciera
a él".
- "No es que yo sintiera que le disgustaba;
sólo parecía distraído, incapaz de mirar
en mi dirección. Y, por sobre todas las cosas, yo quería
que notara mi presencia".
- "Mirándolo en retrospectiva parece
algo de lo mas trivial. Sin embargo, el hecho de que yo fuera
incluído, de que mi padre me invitara por casualidad a
compartir su aburrimiento con él, me llenó de dicha".
- "En lugar de enterrar a mi padre, estas
palabras lo han mantenido vivo, tal vez mucho mas que antes. No
sólo lo veo como fué, sino como es, como será;
y todos los días está aquí, invadiendo mis
pensamientos, metiéndose en mí a hurtadillas y de
improviso."
Traigo esta cita literaria porque me parece
una demostración palpable de cuánta información
rica ofrece la buena literatura y porque la lectura de esta novela
me produjo un asombro constante al encontrarme en ella con frases
textuales que yo he oído de labios de hombres de carne y
hueso, con los cuales he compartido vivencias y experiencias; en
esos párrafos hallé además sensaciones e ideas
que yo mismo experimenté.Desde que un hombre se convierte
en padre estará siempre presente en su hijo. Presente aún
en ausencia. Desde que una criatura nace, el padre será una
referencia constante. Lo será aún por omisión.
En síntesis: con la gestación
de nuestro hijo entramos en un espacio del cual no hay retorno.
La vida, en su armonía infinita y no siempre notable a primera
vista, nos da un largo período de adaptación, de preparación,
de reflexión, de acercamiento a nuestro nuevo rol.
A lo largo de esos nueve meses podemos darnos
por enterados de lo que nos está ocurriendo o podemos empezar
a ejercitar nuestra capacidad de fuga y de ausencia. Como señala
el personaje de Auster, nuestros hijos querrán que los observemos,
que seamos capaces de compartir con ellos así sea nuestro
aburrimiento, no dejarán de ansiar nuestro amor, desearán
parecérsenos o necesitarán de alguién que se
nos parezca.
¿Y nosotros? ¿Qué deseamos
de ellos, qué necesitamos, con qué expectativas los
aguardamos, qué estamos dispuestos a compartir, qué
les exigiremos, los imaginamos parecidos a nosotros?
Ese paquetito de carne, que llora, chupa, duerme
y hace constantemente pis y caca, es nuestro hijo. El gran desconocido.
Con toda la ansiedad del caso, soñarlo era más fácil,
resultaba más manejable que verlo. Quizás hemos practicado
con nuestra compañera, en casa y en los cursos de puericultura,
y hemos aprendido a cambiar pañales, dar masajes o mamaderas
y sostener ese cuerpito. Y si lo hemos aprendido, ello nos proporcionará
ahora una bienvenida dosis de tranquilidad y seguridad.
Pero la Gran Pregunta sigue abierta: ¿Qué
se hace con un hijo? ¿Cómo se hace? Si nos aferramos
al salvavidas de los roles tradicionales (¿has oído
hablar de los salvavidas de plomo?), las respuestas podrían
ser estas:
- Lo dejamos en las manos exclusivas de la
mamá y de las abuelas, que para eso son mujeres y saben.
- Nos dedicamos con toda nuestra energía
al trabajo "para que a la criatura no lo falte nada ".
- Pagamos el mejor pediatra para que él
se haga cargo de nuestras dudas mediante un simple llamado telefónico.
- Nos anotamos en cuanto viaje de negocios
aparezca porque así estamos "asegurando el futuro".
La cultura ha sido pródiga con los padres
en cuanto a proporcionarnos excusas para la ausencia sin necesidad
de llamarla temor, ansiedad, desconocimiento, angustia. Pero la
Gran Pregunta está ahí, sólida como el peñón
de Gibraltar: ¿Qué se hace con el hijo que acaba de
nacer?
Sabemos que la mamá pasará por
un período de tristeza, extrañará su panza
(era parte de su cuerpo, después de todo). Se sentirá
abrumada por las demandas del bebé, no podrá recomponer
fácilmente su propia imagen, sentirá por momentos
deseos de ser ella una nena. Sabemos (¿de veras lo sabemos?)
que, en la medida en que se vaya habituando al bebé, ella
se sentirá a veces extraña respecto de nosotros, o
nos sentirá extraños respecto de ella.
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