Por Sergio Sinay - Especialista en Vinculos Humanos
Desafío para varones:
Reinventar la paternidad
(continuación...)
¿Donde me pongo?

Contra lo que pueda pensarse, nunca fue fácil ser padre. "Nadie se dedica a enseñarnos a ejercer la paternidad", dice el doctor Aarón Hass, psicoterapeuta familiar, profesor en la Universidad de California y autor de El don de ser padre. Una verdad sencilla y contundente. Desde nenas las mujeres juegan a las muñecas y a la mamá, incorporan la maternidad a sus vivencias tempranas. Podemos, y debemos, discutir acerca de si esto las limita para otras cosas. Pero el hecho es innegable. Y tampoco se puede dudar de que eso que ellas aprenden desde chiquitas, a los varones nadie se los enseña.

Entonces los varones crecen con la idea de que ser padres, cuando les toque, consistirá en proveer, producir, ejecutar, decidir, ordenar, vigilar, premiar, castigar. Desde la propia experiencia, desde la propia vivencia es desde donde mejor se puede transmitir y enseñar. Es decir, quien mejor puede transmitirle a un varón los contenidos de la paternidad, es otro varón: su padre. Sin embargo a ese hombre tampoco le enseñaron, de modo que transmite muchas otras cosas, pero no los contenidos profundos, emocionales de la paternidad. Y así, de generación en generación, los hombres han vivido con la idea de que padre se nace y de que eso que ellos hicieron como padres es lo que mandan sus genes y su instinto. Son realizadores precarios de una paternidad pobremente programada.

Hablando de los hombres, dice el doctor Haas: "Nuestros iguales no nos brindan reconocimiento por ser buenos padres, sino por cuánto dinero ganamos, por cuánto poder acumulamos, por cuán productivos hemos sido". Claro, estos son "logros", en cambio a la paternidad se la da por hecha.

Lo cierto es, en mi opinión, que un padre nunca está hecho: se va haciendo. Los hijos nacen, los padres se hacen. Es bueno recordarlo en estos momentos de transición del modelo familiar y de sus roles. Entonces la pregunta ¿dónde me pongo? que surge silenciosa en el fondo de la mayoría de los papás de hoy cuando deben ubicarse en el retrato familiar, puede resultar menos dramática o, quizás, puede cambiar por otra: ¿de dónde salgo?.

La primera respuesta sería: de donde muchos hombres intentan salir hoy es del molde estrecho, rígido y emocionalmente limitado en el cual ellos y sus antecesores estuvieron encasillados.

 

Padres intimos

Phillipe Chaillou, un juez de menores francés, le decía hace un tiempo a la revista L'Express: "Se advierte un eclipse del padre; está ausente por motivos de trabajo, divorcio, etc. Como si la paternidad no fuera gratificante desde el punto de vista social. O quizás la presencia materna es desmesurada". Esto es para pensar: si cambia la familia, si van cambiando los roles, si ya no alcanza con las viejas recetas, es probable que también las madres tengan que y compartir espacios de la crianza. Así la paternidad dejará de ser, como suele decirse, "cosa de mujeres". Y habrá menos "hambre de padre" en los chicos.

Y no sólo en los chicos. En más de diez años de trabajo con hombres en grupos, talleres e individualmente he comprobado que ese hambre, ese agujero negro en el corazón de los varones es piedra fundacional de una masculinidad asentada en la incomunicación emocional, en la confusión del hacer con el ser. Esta masculinidad huérfana de padre (como ser contenedor, espiritualmente nutricio, emocionalmente receptor, existencialmente acompañante) provoca en los varones tristezas perennes y sin nombre, añoranzas inciertas, reacciones inexplicables e inexplicadas, actitudes autodestructivas y se traduce en nuevas paternidades vacías de contenido.

Por supuesto, se trata de que los hombres puedan irse conectando con este aspecto de sí para transformarlo y, en ese proceso, puedan perder un miedo inconfesado: el temor a la paternidad, temor que luego se intenta sofocar con ejercios de autoritarismo, de complacencia irresponsable hacia los hijos o, peor, de ausencia.

Hay una misión que espera a los varones: ocupar esos espacios desconocidos de la paternidad. Principalmente el de una mayor intimidad con los hijos, un asomo más constante y profundo al estado emocional de éstos. Y esa inmersión es imposible si se deja afuera el propio mundo emocional.

La paternidad es una oportunidad maravillosa que los hombres reciben para ejercer su capacidad sensible, su intuición, sus posibilidades para la intimidad. Habitualmente los varones suelen postergar el disfrute integral de la paternidad para "después": después de un proyecto económico, después de un logro vocacional, después de un trabajo importante que los espera, etc, etc. O la postergan, también, para no "interferir" entre la madre y el hijo porque suponen que son ellas las que saben de "esas cosas". Pero la paternidad -como la maternidad- se vive aquí y ahora y se va adaptando cada día a la evolución de esa persona distinta y única que es un hijo en crecimiento.

 

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