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¿Qué
tema puede conmover con mayor facilidad a un varón? Para facilitar
la respuesta voy a dar una lista de contestaciones incorrectas:
no es el equipo de sus amores, no es el último modelo de su marca
de autos favorita, no son los saltos y caídas de la Bolsa, no son
las fotos de lolitas y lolotas semidesnudas en las playas de moda.
Por supuesto, estos temas (fútbol, autos, negocios, mujeres) movilizan
a un hombre, pero no conmueven su interioridad. Actúan sobre lo
más obvio de la epidermis "masculina", pero no rozan la pulpa de
su mundo emocional.
Mis propias
vivencias como varón y mi experiencia en el trabajo con hombres
me convencen de que el tema que, más tarde o más temprano, atraviesa
infaliblemente las más gruesas corazas varoniles es el del vínculo
del hombre con su padre. En la mayoría de los varones que hoy son
adultos anida (silencioso o silenciado, conocido o ignorado) un
hambre de padre. Es el resultado de haberse "hecho hombre" sin una
guía emocional que les ofreciera modelos reales, cercanos, palpables
para conectarse con sus propias emociones y sentimientos, con sus
dudas y temores, con sus ansiedades e incertidumbres.
El modelo paterno
generalizado que tuvieron quienes hoy son hombres se agota en el
cumplimiento de los "deberes" materiales (proveer apellido, techo,
alimento, estudios o un espacio laboral). Los padres se ocupaban
de eso porque lo consideraban su obligación, y por qué no, su orgullo.
Se ausentaban, incluso, para lograrlo. "Me dediqué a trabajar para
que no te falte nada", argumentan muchos con razón. Y sin razón.
Porque, en verdad, a sus hijos les terminó faltando algo esencial:
la presencia cercana, esencial, emocional, palpable del padre. Así,
del progenitor de su mismo sexo terminaron obteniendo un modelo
parcializado: les mostraba cómo actuar, cómo hacer, pero no los
guiaba en el sentir y, mucho menos, en la expresión de lo afectivo.
Por supuesto, esos padres difícilmente podían transmitir lo que
tampoco ellos habían recibido.
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