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Estas carencias
no son poca cosa. Para los hijos, el padre aparece como el arquetipo
básico de lo que es ser hombre. Si en ese referente la manifestación
emocional está ausente, si la intimidad afectiva no es una presencia
constante, nutricia y explícita, el hijo varón sentirá que, como
hombre, no "debe" expresar sentimientos, que lo "deseable" es contenerlos,
disimularlos, mucho más cuando se trata de exteriorizarlos a otro
varón.
La próxima
"víctima" de este modelo será el hijo de este hombre. O no. Aquí
es donde el hambre de padre puede actuar como un elemento transformador.
Cuando digo que este tema es el que verdaderamente conmueve los
sentimientos esenciales de un varón, señalo una experiencia repetida,
según la cual cuando
se plantea este tema en un espacio de hombres en el que hay un mínimo
de confianza, casi todos empiezan a confesar las asignaturas emocionales
pendientes que tienen con sus padres. Es, quizá, el dolor más sensible,
íntimo y silenciado que habita en cada varón. Ese hambre (por las
cosas emocionales no compartidas, por los momentos no vividos en
común, por las palabras necesitadas y no recibidas, por los gestos
ausentes), puede convertirse en resentimiento contra un padre aún
vivo o ya ausente. Y esto es inútil, porque no modifica nada, y
hace que el sentimiento se convierta en algo crónico. O puede despertar
en el varón que lo siente la decisión de ser, él, un padre diferente,
presente, capaz de abrir (con, ante y para sus hijos) sus emociones,
alegrías, dudas, temores, esperanzas, desconciertos, dolores y sueños.
Además, un
hombre que decide ser un padre diferente será distinto en su pareja,
en su trabajo, con sus amistades. Sus sentimientos tendrán más espesor
que una camiseta de fútbol, que un último modelo, que una acción
de bolsa o que una lolita desnuda. El hambre de padre de los varones
adultos puede ser alimento emocional nutricio y esencial para una
nueva generación de hijos. Sus hijos.
Sergio
Sinay
Especialista en Vinculos Humanos
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