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Para reflexionar
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Por la Lic.
Adriana Penerini
Solemos creer que la felicidad
es algo que hay que encontrar, algo que está afuera y debemos
conquistar, y la imaginamos a veces como una tierra donde uno llegará
y plantará su propio estandarte para quedarse.
La pensamos como un punto de llegada, como un puerto.
Nos preocupamos por conseguirla y así como en los catecismos
y en los templos podemos "tocar" a Dios, personificado
en ese anciano de barba tan larga, corporizamos también la
felicidad y le damos diferentes formas -algunas inusitadas- forma
de equipo de música, de auto con doble air bag, de título
universitario, de master en el extranjero, de triplex en Belgrano,
de hijos con los ojos claros
En fin
las formas son infinitas, y en general coinciden, no
con elucubraciones ideáticas, sino con objetos tangibles,
comprables
Creemos ,entonces, que no podrá fallar y que hacernos dueños
de alguno, o más aún, de todos esos objetos, nos hará
felices.
La lucha por llegar a ese trono que anhelamos desde pequeños,
es muchas veces denodada.
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En cada batalla solemos
perder mucho de lo que teníamos, y descuidar mucho
de lo que somos.
Nos comparamos con los otros, no usamos nuestra propia vara.
Tenemos hijos porque los otros tienen, tenemos perro porque
los otros tienen, hacemos ciertos deportes porque son los
que parece que deberíamos hacer
La pelea es a veces a costa de desnudarnos de nuestras
convicciones y salir lastimados donde más nos duele.
Hasta se llega a morir en pos de esos fines.
Les damos a los otros lo que creemos que los otros quieren
porque creemos que eso "los hará finalmente FELICES'.
Buscamos, buscamos buscamos.
Afuera, afuera, afuera.
Entre tantas cosas que nos enseñan cuando niños,
y que aprendemos casi a la perfección, olvidan enseñarnos
que eso que perseguimos y que vemos como camuflado en un oasis
de ambición interminable
está dentro nuestro.
Está en nosotros, y no es un objeto, es una emoción
que responde a estímulos a veces invisibles para otros.
Es verdad, hay que invertir en felicidad.
Pero, qué tipo de inversión es la más
conveniente.
Podremos tener una felicidad directamente proporcional al
crédito que nos den nuestras tarjetas de crédito?
Podremos tener una aún mayor?
| Dónde
se adquiere, nos preguntamos, esa sensación de
plenitud
de lluvia sobre la playa , de domingo por
la mañana, de mirada de amor
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Se adquiere? Es necesario
pagar por eso?
Invertir en la felicidad, sospecho, no es llenar tres changos
en el supermercado, cambiar los televisores, vestirse solo
en las primeras marcas
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Invertir
en felicidad es abrirse a la sorpresa.
Permitirse ese cosquilleo en la panza que nos produce la tentación
de la risa.
Robarle a nuestro trabajo, una trade, una hora, un ratito solo
para nosotros.
Bostezar con ruido.
Es animarse a pintarse el pelo de ese color que siempre no gustó.
Es volver a saludar tres veces a nuestros hijos cuando se van
de campamento
Es tratar de decir, no solo lo que hay que decir, sino aquello
que queremos decir desde hace tanto.
Es raro, pero puede hacernos más FELICES comer una
bolsa de lupines que compremos a orilla del río ese
el
del Puerto de frutos
que una cena protocolar con treinta
y tres cubiertos de cada lado del plato
Es realmente raro, porque los lupines se los puede compar cualquiera,
pero a ese tipo de cenas solo van las "personas importantes".
Invertir en felicidad es preservarnos de las noticias derrotistas
todo el tiempo, es dejar de repetirnos "Esto no da para
más", y
animarnos al desafío que significa intentar encontrar
la plenitud sin buscarla en nuestro alredeor solamente, se
puede ser feliz aún en medio de una crisis, no solo
económica sino también anímica en la que
nos veamos inmersos.
No hace falta ostentación, ni seguros de vida, ni cargos
gerenciales, ni poder
Cada persona tiene esa magia, que se despierta solo con la
varita de uno y la palabra correcta.
La inversión es la búsqueda en si misma, y
es el permiso para sentir, aunque más no sea por un instante,
el legítimo placer de volar por un rato sin levantar
los pies del suelo. |
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