EDICIÓN ESPECIAL Por Adriana Penerini (*)

 
Me habló del matrimonio y la vida en Israel por once años, de los estudios del marido, de su abocarse de pleno a la maternidad sus cinco primeros hijos allá, el esfuerzo por integrarse, tan jóvenes y solos de parientes, y el regreso al país donde serían padres de los otros tres.
Elisheva, Eliahu, Uziel, Iejiel, Smadar, Hilá, Hadás y David aparecieron pero ya estaban, en el corazón de Bettina estuvieron siempre, eran parte del sueño que ella describió como: "Toda la vida quise una casa con ocho hijos y olor a torta de chocolate".
-Qué funda toda esta práctica?-le pregunté.
-La idea es cumplir la Torá.
-Hay una sola manera de cumplirla?
-La verdad es una -me dijo sin dudarlo.
-Pero no puede haber diferentes maneras de interpretarla? ­Me animé a interrogar otra vez sobre el mismo punto.
-Puede haber, pero sigue siendo una.
Tanta certeza puede resultar abrumadora, pero en un mundo de tantas incoherencias, de tantos vaivenes emocionales, de tanta desolación hasta -al menos por un instante- puede resultar envidiable.
Cómo sabía Bettina con tanta seguridad ­pensé- que era tan cierto todo aquello en lo que creía.
Todo aquello que estaba allí, como si los secretos de la vida pudieran estar reunidos de una vez y para siempre en unas escrituras.
Cualquiera dudaría
Pero inmediatamente pensaba, cómo podemos los otros saber que no, que Bettina no está en lo cierto, con qué argumentos enfrentar su sabiduría, con qué sentido; los que buscamos de otros modos, los que no creen en nada, los que respetan a medias, los que se revelan a la más mínima restricción, cómo saber que todo esto no puede ser una buena manera de vivir, una buena manera de fundar una familia y de favorecer su desarrollo.

Por lo tanto, ante la dificultad de responder, y ante tal vez la innecesariedad de responder, me dediqué a escuchar, a mirar, a conocer ante la amabilidad de cada uno de sus integrantes, a una familia que si bien era diferente a la mayoría de las que conozco, era igual esencialmente, a la mayoría de las que conozco.

Ella como mamá quería lo mismo que yo, que otras mujeres que puedan llamarse María, Florencia, Pilar, Rosario o de otras formas, la felicidad de sus hijos, el cuidado de su salud, su bienestar, su formación, la transmisión de una escala de valores que sea de verdad valiosa en fin esencialmente iguales, pese a las obvias diferencias.
Bettina me atendió con un pañuelo que casi no permitìa asomar el pelo, una pollera muy larga, botas -aunque hacía calor- una remera sobre otras remeras que no le dejaba ver los brazos del codo hacia arriba, y una sonrisa que no le abandonó nunca su cara, y una paz que sería difícil de encontrar en cualquier otra mujer con ocho chicos por bañar, una fiesta por iniciar, gente por venir.
Era justo un rato antes del inicio de Shabat, y comienzo de la fiesta de Zucot, esto implicaba un ritmo acelerado, mi visita se había sumado a esas rutinas que no podían esperar, había que dejar todo limpio, ya que por unos días no se podría lavar, había que terminar con los últimos llamados, dado que el teléfono no iba a ser atendido hasta el domingo por la noche, había que darles a todos los chicos la ropa correcta para el participar de las ceremonias.
Una señora ayudaba en algunos quehaceres, pero la mamá era la que asiganaba las tareas, los chicos , también con alegría -una alegría poco común en otros niños- acataban, iban y volvían bañados y con sus trajecitos, poniéndose sus zapatos, o preguntando qué botas voy a usar, o mostrándome las nenas, con timidez -pero no sin coquetería- sus hermosos peinados.
Había olor a fiesta, rumores, ajetreo calmo, luego vería en otro rincón de la casa todo preparado en la Suca -como si fuera para un cumpleaños con guirnaldas de colores - para iniciar la festividad; el papá Moshe, también andaba por ahí recién vestido, buscando su sombrero, antes de la foto que accedió a tomarse, preparando con los otros varones una especie de juncos y unas velas, que luego sabría, jugarían un papel importante en los rituales que iban a realizar.
Nadie parecía aburrido, ni hacían nada con tedio, el entusiasmo se huele y se contagia como la adrenalina, ahí había entusiasmo, raro de pensar, sin tele, sin computadoras sin conecciones a Internet.
Imaginé que nadie podría creerme si les contaba esto en el siglo XXI, tan dependientes como estamos de maravillosos medios, que se transformaron en tristes fines.
Ese entusiasmo que no viene de afuera, de dónde viene?

 
Ser judía ortodoxa
Ser judía, al decir de Bettina, fue siempre algo importante para ella, siempre fue motivo de orgullo.
Yo le pregunté:
-Ser judía, era para vos no ser otra cosa, una condición que se definía por oposición?
-Ser judía es ser judía, me respondió, no es opuesto a nada, es lo que soy.
-Y qué implica como responsabilidad en esta práctica tan estricta?
-El hombre es la cabeza de la casa y la mujer no es por eso menos que él, simplemente entre ambos conducen la familia, aunque es la mujer la que dice hacia dónde se va, la que organiza, la que marca el camino.
La mujer es como el cuello que articula esa cabeza con el cuerpo.

Los dos son importantes.
Eso se percibía no había lo uno sin lo otro, y ahí volvía a aprecer esta sensación de amor incondicional, de historia juntos.
Ser una mamá judía ortodoxa en realidad suma el trabajo cotidiano y directo con los hijos a sus obligaciones con los preceptos y con su esposo, es un poco de más empeño, ocuparse de la crianza y a la vez de mantener el fuego del hogar en base al respeto de las tradiciones, algunas pequeñas y diarias, otras más complejas y que involucran a la vida misma.
Betina me prestó un libro* y en ese libro explica claramente siempre sin escribir entera la palabra DIOS, también como otra señal de respeto:

"Dios creó al hombre y a la mujer con características diferentes,.La Torá subraya la importancia de mantener estas diferencias a través de leyes que se aplican en forma distinta para el hombre y la mujer.
Por ejemplo, le es prohibido al hombre vestir ropa de mujer o tomar cualquier actitud femenina y viceversa.
En general el judaísmo enfatiza mantener las diferencias en lugar de reducirlas.
Cada creación contiene un mensaje espiritual que enseñar.
Y esta no puede transmitir este mensaje cuando sus características son socavadas o anuladas".

 
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