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Para abordar este tema -el de las mujeres que
deciden afrontar la maternidad sin ser acompañadas por
los padres biológicos de sus hijos- desde un lugar diferente
, elegí un relato de la que soy autora, Pequeñas
casas , de un libro de cuentos que algún
dìa,
no muy lejano, verá la luz, donde me gustaría
hallen un remanso, para encontrarse con palabras literarias
que nunca vienen mal al alma, que ansía nutrirse de
imágenes nuevas.
Espero que lo disfruten, que lo lean con la misma pasión
con que yo lo escribì, en un cuadernito de tapas rojas,
en un camino de Uruguay , durante un viaje...
Adriana Penerini*
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Pequeñas casas
Pensé que en cada una de esas casas pequeñas que se diseminaban
entre las lomas de esos campos que una vez más estaba recorriendo, seguramente
ocurrían historias cuya intensidad, era inversamente proporcional a la
simpleza de sus formas.
Pensé que bastaba con asomar mi corazón atentamente, para palpar
de cerca la respiración de sus habitantes, y la cadencia de sus sueños
nunca tan solitarios y tan distantes, como esa postal que conforman a lo lejos
el rancho, el molino, algún que otro aljibe, el árbol más
grande, y los colores que nos hacen parecer una acuarela inerte, una realidad
que late como una vísera, cuando recién es arrancada del cuerpo.
La Palmira encerrada en la cocina, diciéndose una vez más, que
tanto hombre no podía ser todo para ella.
Revolviendo el guiso con las manos cansadas de acarrear y lavar y cortar y freír
y ofrecer y servir siempre a los otros, siendo la única comensal a la
que quedaban sólo las sobras, de los almuerzos y las cenas y las fiestas,
que modestas, pero abundantes, la familia compartía.
Una vez más la olla en el fuego y sus pensamientos mezclados con los olores
del cerdo, con el repollo y la cebolla, y el caldo de la gallina, que ayer nomás,
andaba oronda cacareando por el campo, ajena a su inminente destino...
De pronto un susto de ésos que sólo los fantasmas pueden provocarnos
cuando aparecen - como casi siempre lo hacen- de improviso.
Un aliento real y una voz de este mundo, le avisó susurrando que sería
su dueño...por un rato nomás entre suspiros una lucha confusa de
confuso deseo, de prohibido domingo, con todos en la misa...
Volverían justito cuando el guiso estuviera, y el ruido y el olor del
vapor, avisaba que faltaba ya un guiño.
No sería jamás -pensó Palmira- tanto hombre solo para ella...pero él
fue muy adentro y muy hondo y muy suave, y le dejó en el alma un grito
silencioso.
A la mesa reunidos masticaron hambrientos, y brillaron los platos con el pan
en el jugo. |
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*Adriana Penerini
Psicóloga.
Directora de Bebé a Bordo Institución y editora y
directora de esta revista on-line, www.bebeabordo.com.ar
Colabora con el site www.planetamama.com , y con el Programa de
Utilísima Televisión, Cocina para Bebés.
Mamá de dos hijas, Antonina y Giovanna.
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